Crisis de la mediana edad: volver a la adolescencia a los 50 años

«De los 40 para arriba no te mojes la barriga», sentenciaban las abuelas tirando de refranero español para recordar que la prudencia debía acompañarte a partir de ahora pues la fatídica fecha te convertía en un señor/a mayor (en un tiempo en el que la esperanza de vida era mucho más corta que ahora).

El psicoanalista canadiense Elliot Jacques puso nombre a esta etapa y acuñó el término «crisis de la media edad» para definir la toma de conciencia en la madurez de que el tiempo pasa, el cuerpo cambia y se van dejando atrás los momentos de la juventud que no volverán. En definitiva, la consciencia de la propia mortalidad en palabras de Jacques.

En la época de nuestros abuelos, cuando entrabas en la década de los 40 años, si tu vida había seguido los cánones, ya habías tenido hijos, llevabas muchos años trabajando, tus gustos estaban definidos, tu grupo de amigos se había afianzado y podías dejar atrás ese período de tu vida.

El psicoanalista, Erik Erikson -que definió las tareas a desarrollar en cada etapa del ciclo vital- llegó a la conclusión de que a la adultez media le corresponde alcanzar un buen grado de generatividad, es decir, ocuparse de dejar tu legado a las siguientes generaciones y equilibrar el trabajo y la diversión manteniendo un entusiasmo por la vida que aún quedaba por vivir (quedarse estancado significaba no ser capaces de ver las propias aportaciones y asumir una actitud pasiva y derrotista).

¿CRISIS DE LOS 40 O DE LOS 50?

Hoy en día el término «mediana edad» es más confuso que en la época de Jacques o Erikson. Encontramos a personas de 30 años que siguen viviendo en casa de sus padres, por elección o porque la precariedad económica no les da otra oportunidad, a mujeres de 40 que se enfrentan por primera vez a la maternidad y a parejas que con 40 y muchos están criando hijos pequeños.

En el mercado laboral, tener 45 o 50 años no necesariamente implica seguridad. En los años cincuenta, los geriatras se ocupaban de personas de 60 años, ahora son los octogenarios los mayores usuarios de sus consultas y si alguien fallece a los 70 decimos con cierta naturalidad que «ha muerto joven».



De esta manera, es a partir de los 50 años (y más) cuando las personas comienzan a pensar en su trayectoria vital. La crisis se plantea con muchas preguntas: ¿es este trabajo lo que yo quiero hacer o que ocupe el centro de mi vida? ¿Es mi pareja la que me acompaña en la foto de mi futuro? ¿Cómo quiero que sea mi camino a partir de ahora?

Como en la crisis de la adolescencia, con su consabido duelo por la infancia que se deja atrás, la crisis de los 40, que es ahora la de los 50, puede convertirse en la segunda pubertad, es decir, en otro momento de transición en el que decidir qué será de nuestra vida hasta que comience la vejez.

EN BUSCA DE SENSACIONES PERDIDAS

En este momento, a algunas personas (no tiene porqué pasarle a todo el mundo) se les activa un malestar y una inquietud que puede llevar a rupturas de costumbres, hábitats e incluso lazos familiares y de pareja intentando volver a encontrar sensaciones perdidas. Pueden recurrir a fantasías de omnipotencia, idealización y control obsesivo característicos de otras épocas.

Dicho en cristiano, comienzan a vestirse como jovencitos recién salidos de «insti», asumen conductas arriesgadas, se vuelven rebeldes, quieren cambiar de vida o simplemente de físico por lo que se apuntan a la lista de espera de los centros de estética o al gimnasio exprés.

Los divorcios suelen darse en estas situaciones ya que la unión conyugal se vive como una prisión frente a los deseos de volar. Los franceses lo llaman el ‘démon de midi’ (el demonio del medio día) consistente en los deseos de tener otras relaciones, según el tópico, preferiblemente con personas más jóvenes. Se trata así de vivir una relación que devuelva el vigor y haga recuperar la juventud a través de la nueva pareja.

No todo el mundo hace los cambios de la etapa de los 50 de una manera tan abrupta, Jung ya sugirió que la metamorfosis que se produce en los individuos hacia el atardecer de la vida -podríamos decir ahora hacia el nuevo amanecer o el segundo tiempo del partido de la vida como dijo Antonio Banderas- está lleno de significados y de posibilidades igual que el renacimiento del adolescente, aunque los propósitos sean diferentes.

¡DISFRÚTALOS!

Es la hora de sentirse uno mismo, de reconocerse, desarrollarse y madurar como ser humano completo. Para ello hay que admitir el final de tiempos pasados y acoger con serenidad los siguientes. Y, además, con bastantes ventajas también:

Nos importa menos lo que opinen los demás. La etapa del narcisismo exacerbado ha quedado atrás por fin y somos más dueños de nosotros mismos.

Trabajamos más la parte espiritual. La consciencia de la unión de cuerpo y mente hace que aumente el interés por todos los aspectos que pueden fomentar el bienestar, incluida la espiritualidad, lejos ya de esa sensación de inmortalidad de los jóvenes.

La autoestima está más lograda. Precisamente porque con los años disponemos de una capacidad para vernos con más perspectiva y honestidad y, si no somos demasiado críticos, podemos encontrar lo mejor de nosotros mismos.

Mejores decisiones. Debemos tener más capacidad reflexiva y sopesar mejor los imponderables de la vida. Estamos mejor equipados para seguir avanzando, si evitamos las actitudes de huida de los cambios que trae la edad.

No hay prisas. Precisamente porque la perspectiva del tiempo hace que gocemos más de la calidad que de la cantidad y porque somos más conscientes de que los momentos no vuelven y hay que saborearlos.

Vía: El Mundo

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