El estado indio que desafió al mundo con su exitoso plan contra el coronavirus

El 7 de marzo al atardecer Nooh Pullichalil Bava recibió una llamada. «Tengo malas noticias», advirtió su jefe. El 29 de febrero, una familia de tres personas había llegado al estado indio de Kerala desde Italia, donde vivían. Los tres se habían saltado la prueba voluntaria de COVID-19 en el aeropuerto y viajado en taxi unos 200 kilómetros hasta su casa en la ciudad de Ranni (India). Cuando al poco tiempo empezaron a desarrollar síntomas, no llamaron al hospital. Una semana después de despegar de Venecia (Italia), los tres, un hombre y una mujer de mediana edad y su hijo adulto, dieron positivo en coronavirus, junto con dos de sus familiares mayores.

PB Nooh, como se le conoce, es un trabajador social encargado del distrito de Pathanamthitta (India), donde se encuentra la ciudad de Ranni. Su jefe es el secretario de Estado de Sanidad. Llevaba ya días esperando una llamada así. Kerala tiene un largo historial de migración y un flujo constante de viajeros internacionales, y el nuevo coronavirus se estaba expandiendo por todas partes. El primer indio que dio positivo por COVID-19 fue un estudiante de medicina que había llegado a Kerala desde Wuhan (China) a finales de enero. Esa misma noche, a las 23:30, Nooh participó en una videollamada con su jefe y un equipo de médicos del Gobierno para crear una estrategia.

Para algunos, no era la primera vez que se enfrentaban contra una epidemia mortal. En 2018, el estado lidió con un brote de Nipah, un virus que daña el cerebro y que, como el coronavirus, se originó en murciélagos y luego se transfirió a los humanos. Y, al igual que la COVID-19, no había vacuna ni cura. Aunque 17 personas habían muerto, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó la gestión de ese brote por parte de Kerala como un «caso de éxito» ya que, a pesar de las deficiencias técnicas, el sistema de salud de este estado había contenido un posible desastre.

No obstante, esta vez tendrían que ir más allá y actuar más rápido.

A las 3 de la madrugada, el equipo había organizado un plan de rastreo de contactos, aislamiento y vigilancia basado en las recomendaciones de la OMS. Este plan ya había sido utilizado para limitar la propagación de Nipah, y con el estudiante de medicina en enero. La estrategia se basaba en hablar con los pacientes, mapear sus movimientos para ver con quién habían interactuado y aislar a todas las personas de la cadena con síntomas.

Sin embargo, había un problema. La familia «no era comunicativa», destaca Nooh. Estaban aislados en el hospital del distrito, pero no querían dar toda la información sobre sus movimientos. Era como si estuvieran avergonzados.

En aquel momento, 31 personas habían dado positivo por COVID-19 en todo el país. Era un número pequeño, pero el virus se movía rápidamente: se creía que, de media, una persona infectaba a dos o tres más.

Esto suponía malas noticias para la India. Muchos de sus 1.400 millones de habitantes viven en familias numerosas y no tienen agua corriente, lo que dificulta la desinfección y el alejamiento social. Incluso los países con sistemas avanzados de atención médica acabaron saturados, y la India tenía solo 0,5 camas de hospital por cada 1.000 personas, muy por detrás de Italia, con 3,2 camas por cada 1.000 habitantes, y China, con 4,3. Además, solo había entre 30.000 y 40.000 respiradores en todo el país, mientras que los kits de pruebas de diagnóstico, el equipo de protección personal para los profesionales sanitarios y las mascarillas de flujo de oxígeno también eran escasos.  Nooh y sus colegas sabían que la única forma de controlar la transmisión consistía en romper la cadena.

Trabajo de detective

Nooh, de 40 años, es un hombre de voz suave que vive cerca de su oficina con su esposa, una estudiante de medicina. En 2018, cuando una inundación arrasó el distrito y acabó con la vida de más de dos docenas de personas y provoco destrozos en 20.000 casas, él dirigió los esfuerzos de ayuda. No dormía más de dos o tres horas cada noche. Sus admiradores crearon la página de seguidores Nooh Bro’s Ark en Facebook.

Esa experiencia no solo le enseñó cómo gestionar a las personas en una crisis, sino también cómo leerlas. Suponía, con razón, que esta familia de Ranni iba a ser intratable. Así que, en vez de depender de ellos, recurrió al trabajo detectivesco de toda la vida y a la tecnología para descubrir dónde habían estado y con quién habían entrado en contacto.



Convocó a 50 policías, paramédicos y voluntarios, y los dividió en equipos. Luego les encargó rastrear los movimientos de la familia durante esa semana crucial. La familia había facilitado a los oficiales de su distrito algún detalle, alguna dirección, algún nombre, pero el grupo de trabajo de Nooh amplió muchísimo la información, usando datos de GPS extraídos de los teléfonos móviles de la familia y vídeos de vigilancia del aeropuerto, de las calles y de las tiendas.

En cuestión de horas, descubrieron mucho más de lo que la familia les habían contado, y lo que encontraron los alarmó. Durante los siete días transcurridos desde su llegada a Kerala, la familia había ido de un lugar muy concurrido a otro: al banco, a una oficina de correos, a una panadería, a una joyería y a algunos hoteles. Incluso fueron a una comisaría de policía para pedir ayuda con documentos.

Apoyo estatal

Esa noche, la ministra de Sanidad del estado de Kerala, KK Shailaja, llegó de la capital de dicha región. Esta antigua profesora de ciencias, ya se había ganado una reputación por su rápida y eficiente gestión de la crisis en curso: los medios la habían apodado como la «Asesina del Coronavirus».

Mientras que el resto de la India, junto con otros países como Reino Unido y Estados Unidos, tardaron dos meses en tomar medidas estrictas para limitar los movimientos, en enero Shailaja ya había ordenado a los cuatro aeropuertos internacionales de Kerala que empezaran a inspeccionar a los pasajeros. Todos aquellos con síntomas se trasladaban a una instalación gubernamental, donde se sometían a pruebas y se aislaban; sus muestras se llevaban al Instituto Nacional de Virología a 1.125 kilómetros de distancia. En febrero ya contaban con un equipo de respuesta estatal de 24 miembros que se coordinaba con la policía y los funcionarios públicos en todo Kerala.

Durante los siete días transcurridos desde su llegada a Kerala, la familia había ido de un lugar muy concurrido a otro.

Todas estas medidas no eran nada comunes, pero Kerala suele tomar rutas diferentes al resto de la India. Este pequeño estado costero en el extremo sur del país está imbuido de ideas comunistas y gobernado por una coalición de partidos comunistas y de izquierda.

En los últimos años, mientras algunos estados han seguido el liderazgo populista del primer ministro nacionalista hindú, Narendra Modi, Kerala ha mantenido su enfoque centrado en el bienestar social. Su sistema sanitario se considera el mejor de la India, con enfermeras de mayor clase mundial que se contratan en hospitales de Europa y América. Las cifras de esperanza de vida de este estado se encuentran entre las más altas del país.

La llegada de la ministra al distrito tranquilizó a Nooh. No estaba solo; la maquinaria de todo el estado estaba a su disposición. «La seriedad del Gobierno fue sorprendente», afirma. Cada equipo de su grupo de trabajo de seis personas aumentó a 15.

El 9 de marzo, aproximadamente 48 horas después de que la familia diera positivo, los equipos de Nooh tenían un mapa y un diagrama con cada lugar donde habían estado, cuándo y durante cuánto tiempo. La información se distribuyó por redes sociales y se pidió a la gente que llamara a un teléfono si existía la posibilidad de que hubiera interactuado con la familia. La oficina de Nooh empezó a recibir muchísimas llamadas: la familia se había reunido con casi 300 personas desde su llegada a la ciudad.

Los equipos tenían que localizar a todas esas personas, analizar sus síntomas y enviarlos al hospital del distrito para que les hicieran los test o pedirles que se autoaislaran en sus casas. El número de personas que se autoaislaron rápidamente aumentó a más de 1.200. Aun así, Nooh sabía que las personas que aceptaban autoaislarse no siempre lo iban a cumplir. Así que creó un centro de llamadas en su oficina, con más de 60 estudiantes de medicina y personal del departamento de sanidad del distrito, cuyo trabajo consistía en llamar a todos los aislados, todos los días.

El equipo que llamaba a los pacientes les hacían un cuestionario con el fin de evaluar su salud física y mental, pero también para detectar mentiras. Si alguien intentaba escaparse, «teníamos a la policía, al departamento de hacienda y a los consejos municipales listos para actuar», aseguraba Nooh. Pero la zanahoria era tan importante como el palo: su oficina también entregaba alimentos a los necesitados.

El distrito fue puesto en máxima alerta. Nooh llevaba mascarilla, tenía desinfectantes para manos en distintos puntos en la oficina y volvió «al viejo de namaste» en vez de dar la mano. La ciudad se convirtió en la zona cero de la crisis de COVID-19 en la India.

Ejemplo de liderazgo

El 11 de marzo, la OMS declaró que el brote de COVID-19 era una pandemia. Al día siguiente, la India registró su primera muerte. Aun así, Modi, quizás preocupado por el impacto en la ya deslucida economía, no emitió avisos públicos ni se dirigió a los medios. Su mayor preocupación parecía ser un plan para rediseñar el corazón de la capital india, incluido el parlamento, con un coste de más de 2.400 millones de euros.

En Kerala, el estilo de liderazgo era totalmente diferente. Con 15 casos confirmados en todo el estado, el primer ministro, Pinarayi Vijayan, ordenó el confinamiento, cerró las escuelas, prohibió grandes reuniones y desaconsejó visitar lugares de culto. Organizaba sesiones informativas diarias para los medios de comunicación, consiguió que los proveedores de servicios de internet aumentaran la capacidad para satisfacer las demandas de aquellos que trabajaban desde casa, intensificó la producción de desinfectantes para manos y mascarillas, organizó la entrega de alimentos a los alumnos que dependían de comidas gratuitas y puso en marcha una línea de ayuda para la salud mental. Sus acciones calmaron los temores de la sociedad y generaron confianza.

«Se creó mucha confianza en el Gobierno estatal, así que no hubo resistencia por tener que modificar el comportamiento y quedarse en casa», aseguró la diseñadora de ropa de la ciudad portuaria de Kochi (India) Latha George Pottenkulam.

Había otras razones por las que Kerala estaba mejor equipada para enfrentarse a la crisis que muchos otros lugares. Se trata de un estado pequeño y densamente poblado, pero relativamente rico. Tiene la tasa de alfabetización del 94 %, la más alta de la India, y vibrantes medios locales. En otras partes del país, la gente se creía los bulos de WhatsApp al pie de la letra, por ejemplo, difundiendo mensajes alegando que la exposición a la luz solar podía proteger contra el virus. Pero en Kerala, la mayoría de las personas se dio cuenta de la gravedad de la situación.

La editora de una revista de diseño online del distrito de Kottayam (India), Manju Sara Rajan, me contó que se sentía más segura viviendo en Kerala que en cualquier otro lugar de la India. «Llevamos mucho más tiempo viendo las posibilidades», afirmó. Todos a su alrededor sabían a qué número llamar si desarrollaban síntomas, y no iban corriendo de forma desenfrenada al hospital a la primera señal de tos seca.

Hasta el 23 de marzo, aunque el número de casos confirmados en el distrito de Nooh aumentó de cinco a nueve, se consideró que los esfuerzos de contención habían sido un éxito.

Eso no significaba que Kerala saliera ilesa. Es uno de los estados más pequeños de la India, pero tiene casi la misma población que California (EE. UU.): solo el distrito de Pathanamthitta tiene más de un millón de habitantes. Los servicios públicos estaban bajo una severa presión, y los médicos locales no daban abasto.

La médica de cabecera de 36 años del hospital general del distrito Nazlin A. Salam trabajaba 12 horas al día. Bautizó a su Nissan Micra azul turquesa como «Coche COVID», nadie más de su familia se acercaba a él, y lo desinfectaba todas las noches. Después de volver del trabajo, se daba un baño antes de acercarse a sus hijos y no quería besarlos por si les pudiera transmitir el virus inconscientemente.

Se aseguraba de que sus pacientes estaban estables, pero solo había tres respiradores en la parte de aislamiento de COVID-19 y otros dos para uso general, en un hospital con una capacidad de 400 personas ingresadas. Para mantener bajos los números de ingresados, la administración del distrito tendría que seguir con el rastreo de contactos y las pruebas. Hasta el 28 de marzo, había más de 134.000 personas bajo vigilancia, de las cuales 620 estaban bajo cuidados del Gobierno y el resto aislándose en su casa. Todos los días, Nooh llegaba a su oficina a las 8:30 y no se iba hasta las 21:30 y ni siquiera cuando estaba en la cama paraba de recibir llamadas y mensajes sobre la situación.

Durante la mayor parte de marzo, el primer ministro de la India aún no había anunciado un plan para combatir la pandemia. Lo que sí hizo, en un discurso televisado a nivel nacional, fue pedir a la gente que saliera a sus balcones un domingo a aplaudir a los profesionales sanitarios. Otro día, les pidió que se quedaran en casa durante unas horas, un «toque de queda del pueblo», pero su mensaje resultaba tan confuso que grandes multitudes, que incluían a policías, salieron a las calles a hacer ruido, golpear utensilios y tocar las campanas como si celebraran un festival.

Pero el 24 de marzo y sin previo aviso, Modi declaró que la India entraría en un confinamiento de 21 días, y que comenzaría en menos de cuatro horas. Los habitantes de Kerala estaban preparados, ya que llevaban semanas viviendo en un confinamiento informal. Pero también tenían apoyo: Vijayan, el primer ministro del estado, fue el primero en el país en anunciar un paquete de ayudas. Organizó un plan de cocina comunitaria para alimentar a la sociedad, y provisiones gratuitas de algunos productos como el arroz, aceite y especias. Incluso adelantó la fecha de los pagos de las pensiones estatales.

El resto del país no tuvo tanta suerte. Con el confinamiento obligatorio a solo unas horas, las personas se apresuraron a comprar alimentos y suministros y en muchas áreas rápidamente se quedaron sin nada.

El parón no incluía las tiendas que vendían alimentos, pero muchas personas prefirieron quedarse en casa solo para evitar cruzarse con la policía.

Al mismo tiempo, cientos de miles de trabajadores migrantes que se quedaron sin trabajo intentaron buscar alguna forma de regresar a casa, pero con las fronteras estatales cerradas y los camiones y autobuses paralizados, no tuvieron más opción que caminar cientos de kilómetros para llegar a sus familias. Hasta el 29 de marzo, al menos 22 de ellos murieron en ese camino.

Mientras tanto, los agentes de policía, decididos a ser vistos cumpliendo con su trabajo, perseguían a todos que estuvieran en la calle, incluso los camiones que transportaban suministros esenciales, a los mensajeros de Amazon Pantry y, por supuesto, a los desesperados trabajadores migrantes. En Bengala Occidental (India), golpearon a un hombre que compraba leche. Murió. Más tarde, el Gobierno confirmó que el parón no incluía las tiendas que vendían alimentos, pero muchas personas prefirieron quedarse en casa solo para evitar cruzarse con la policía .

La crisis de suministros se intensificó tan deprisa que un periodista que husmeaba alrededor del distrito electoral del primer ministro en el estado de Uttar Pradesh (India) encontró a niños hambrientos comiendo hierba. La escasez de equipos provocó la desesperación de algunos médicos que se vieron obligados a llevar impermeables y cascos de motocicleta en vez de trajes profesionales y mascarillas protectoras. Aunque el Gobierno anunció un paquete de estímulo de unos 20.000 millones de euros, no era nada en comparación con las necesidades de la población de la India. Ni siquiera estaba claro cómo ni cuándo ofrecería la comida a los ciudadanos. Pero, los indios no tenían otro remedio que quedarse en casa.

El país había «perdido el tren de las pruebas», afirmó en una entrevista de televisión el director del Centro de la Dinámica de Enfermedades, Economía y Política, Ramanan Laxminarayan. «La contención ya no es una opción«, añadió. El confinamiento retrasaría la propagación del virus, pero, aseguró, podría haber entre 300 y 500 millones de casos hasta julio y sentenció: «Con el tiempo, todos los indios tendrán COVID».

Lo que se necesitaba ahora era realizar test de forma proactiva a todas las personas mayores de 65 años que mostraran síntomas, y que el sector público empezara a fabricar respiradores «en pie de guerra».

Unos días antes, el primer ministro había propuesto un fondo de emergencia de COVID-19 para los ocho países miembros de la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional (SAARC). Con grandilocuencia, declaró que la India contribuiría con 10 millones de dólares (9,24 millones de euros). Durante una videoconferencia con los líderes regionales afirmó: «Podremos responder mejor uniéndonos, no separándonos; con la colaboración, no confusión; preparándonos, sin pánico».

Luego, después de ofrecer dinero a la SAARC, publicó un tuit para pedir donaciones a la gente para un fondo que había creado para luchar contra COVID-19, pero con poca transparencia sobre el marco legal del fondo y hacia dónde podría ir el dinero.

A medida que el virus se propagaba a través de los pueblos, aldeas y ciudades hasta afectar los barrios marginales más grandes de la India y Asia, desde Dharavi (en Bombay), el Gobierno siguió ignorando las peticiones de más pruebas y equipos. Luego anunció que empezaría a transmitir las repeticiones de Ramayana, un programa de televisión de la década de 1980 basado en la epopeya hindú del mismo nombre cuyo mensaje central era el triunfo del bien sobre el mal.

El hecho de que el Gobierno de Modi no actuara obligó a los estados individuales a proteger a las personas con sus propios medios. Pero solo los estados como Kerala, con la experiencia y la capacidad para enfrentarse a una crisis de proporciones internacionales, se vieron capaces de hacerlo de forma eficaz.

‘Todos deben contribuir’

El 31 de marzo, el Gobierno indio anunció que había 1.637 casos de COVID-19 en el país. En Kerala, los positivos eran 215. Y si Laxminarayan tenía razón, esto no era más que el principio.

Nooh seguía rastreando contactos, realizando test y aislando a gente, y su equipo perseguía a cada posible paciente. Ya había más de 162.000 personas en autoaislamiento en su distrito, así como más de 60 cocinas comunitarias, ocho campamentos de ayuda para albergar y alimentar a los trabajadores migrantes que no podían regresar a su estado de origen, y un equipo de registro de dos miembros que tomaba notas en caso de que la situación se repita.

Un sábado de marzo, Nooh hizo un largo viaje en coche hasta Konni, un pueblo al borde de un bosque, famoso por los elefantes. Una parte del bosque está habitada por una comunidad indígena de 37 familias, separada de la ciudad por un río. No existía ningún puente, y Nooh había oído que los suministros de ayuda no habían llegado hasta allí. A la orilla del agua, se subió sus pantalones y alzó un saco de yute lleno de provisiones sobre su hombro. Pesaba más de 15 kilogramos. Este no era su trabajo, pero quería enviar un mensaje. «En una situación sin precedentes, todos deben contribuir», destacó.

Veintitrés días antes, Nooh se había enfrentado al «desafío más grande» de su carrera. Ahora, a pesar de estar sobrecargado de trabajo, lo considera una oportunidad. El responsable concluye: «Como sociedad, nunca hemos presenciado este tipo de situación. Veamos qué es lo que podemos hacer».

Un artículo escrito por Sonia Faleiro

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