El lado oscuro de la inteligencia emocional

La inteligencia emocional es un concepto relativamente moderno. Tan estudiado como apreciado en los últimos años, hoy queremos investigar su lado más oscuro.

El concepto de inteligencia emocional fue acuñado en 1990 por Salovey y Mayer, aunque fue popularizado más tarde por un libro escrito por Daniel Goleman. Esta capacidad ha sido reconocida nombrada desde multitud de disciplinas como una habilidad crucial para obtener el éxito en distintos planos, ya sea académico, laboral o personal.

El libro que publicó Goleman se convirtió en un referente para la revolución. Así, el concepto inteligencia emocional se ha extendido por todo el mundo en teorías, charlas, estudios y debates. Incluso en 2002, la UNESCO lo incluyó en programas de educación para 140 países como pieza clave del aprendizaje emocional.

¿Qué es la inteligencia emocional?

Los primeras definiciones de inteligencia hacían referencia a habilidades cognitivas, dejando de lado las emocionales. Posteriormente, se empezó a discutir sobre ello y surgieron teorías proponiendo las inteligencias múltiples. Esto clasificó a la inteligencia en diferentes tipos, como la matemática, lingüística o la emocional.

Se habló entonces de la inteligencia intrapersonal, la cual hacía referencia a la capacidad para conocer las propias emociones y sentimientos mediante un autoanálisis. Entonces, Goleman publicó su libro y se refirió a ella como inteligencia emocional.

Para él, significa la capacidad de motivarse uno mismo, de perseverar ante las frustraciones, de controlar impulsos y regular el estado de ánimo y, además, se capaces de empatizar y confiar en los demás.

Componentes

En esta teoría, se identificaron ocho componentes que hacen referencia a la definición anterior.

  • Autoconocimiento emocional. Se refiere a ser capaces de identificar, conocer y expresar de manera adecuada y fiable los propios sentimientos y emociones, y sus efectos.
  • Autocontrol emocional. La capacidad para controlar los propios impulsos.
  • Automotivación. Es lo que permite alcanzar las propias metas, manejando adecuadamente las emociones.
  • Empatía. Se define como la capacidad de responder apropiadamente a las necesidades expresadas por otros, así como la capacidad de compartir esos sentimientos.
  • Relaciones interpersonales. En este caso, es la capacidad para relacionarse eficientemente con los demás, haciéndoles sentir bien y generando emociones positivas.

Esta teoría tuvo un gran éxito y se empezó a asumir como algo básico y complementario al a inteligencia tradicional. Así, se dio por sentado que estas habilidades emocionales influyen en las capacidades adaptativas y cognitivas de las personas.

¿Qué se sabe?

El entusiasmo por la inteligencia emocional como factor predictor del éxito disparó las hipótesis, los modelos y las investigaciones en el campo. Lo curioso de esto es que el concepto se hizo popular antes de que supiéramos demasiado de él.

Así, conocimos, por ejemplo, que las personas que tienen una mayor inteligencia emocional suelen presentar mejor salud y satisfacción vital, llegan más lejos en sus profesiones y tienen menos problemas interpersonales.

En este auge por estudiar este tipo de inteligencia se comenzó a analizar a líderes públicos, ya que se entendía que debían tener una capacidad especial para reconocer, entender y gestionar las emociones de los demás. Entre ellos, se estudió a uno de los líderes más influyentes del siglo XX, Adolf Hitler.

Esto dio lugar a una línea de investigación poco comentada: el lado negativo de la inteligencia emocional.



El lado oscuro

Como se comentaba anteriormente, Adolf Hitler podía haber presentado una inteligencia emocional alta. Un arma más que le habría servido para hacerse con el poder, con las desastrosas consecuencias conocidas por todos.

Sería uno de los mayores ejemplos de cómo la habilidad para interpretar las propias emociones, y especialmente las ajenas, no ha sido siempre utilizada de forma positiva. Y es en esto en lo que se han comenzado a interesar investigadores sociales.

La inteligencia emocional ha sido relacionada con el narcisismo. Un grupo de investigadores austriacos estudiaron a unas 600 personas encontrando que aquellos con puntuaciones más altas en las escalas tendían a “seducir” a los demás para satisfacer los propios intereses, por encima de los de los demás.

Otro estudio de Michigan vio que el narcisismo está altamente relacionado con la capacidad para reconocer emociones, que a pesar de ser esencial en la empatía, que facilita la manipulación de los demás.

Otro estudio de la Universidad de Toronto, encontró que es más probable que una persona con una inteligencia emocional alta avergüence a los demás con el objetivo de obtener su propio reconocimiento. Además, un dato curioso extraído de este mismo estudio es que esas mismas personas eran más hábiles reconociendo emociones negativas que positivas.

Desde esta misma universidad, se ha encontrado evaluando tendencias maquiavélicas, que aquellos trabajadores que saboteaban a sus propios compañeros presentaban mayores niveles de inteligencia emocional.

Conclusión

La inteligencia emocional es una capacidad que permite reconocer y reflexionar sobre las propias emociones, y las de los demás. Por ello, es una habilidad importante para vivir con un mayor bienestar, dando a las emociones el papel importante que en realidad juegan. Esta habilidad es crucial para conseguir los propios objetivos, pues influyen en las demás capacidades personales.

No obstante, recae en otros factores, probablemente personales, morales y contextuales, que esta gran habilidad se utilice para hacer el bien con uno mismo y los demás.

Ser emocionalmente inteligente entonces no quiere decir que se tenga una mejor gestión de las emociones. Sino que hay que tener en cuenta sus diferentes componentes y en qué dirección se gestionan.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez

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