He aprendido a valorar mis pequeñas victorias

Todo avance, por pequeño que sea, es una gran victoria y más cuando pasamos por un mal momento. Entender que cada uno tenemos nuestros nuestros tiempos y que para lograr algo a veces no hace falta correr como lo hacen otros, es clave de salud.

Concédete el reconocimiento que mereces. Da valor a tus logros, a tus pequeñas victorias cotidianas, a esas metas conquistadas que te demuestran que vas en la buena dirección. Hacerlo, elevará tu autoestima y capacidad de logro, pero, eso sí, evita ante todo compararte con los demás. Porque en materia de avances cada uno lleva un ritmo y marca sus propios tiempos; sin prisas ni presiones.

Admitámoslo, vivimos en una sociedad altamente competitiva en la que destaca el que más tiene, el que llega antes, el que más seguidores acumula, el que logra objetivos en las más complejas circunstancias. Todas esas personas, evidentemente, nos llaman la atención e incluso las admiramos por su excelente rendimiento. No obstante, no podemos tenerlos como ese referente constante en el cual reflejarnos.

Habrá, por ejemplo, quien supere su depresión en poco más de seis meses. Otros, en cambio, necesitan años debido a que cada poco tiempo sufren alguna recaída, algún retroceso. Asimismo, hay quien se habitúa a su enfermedad crónica (diabetes, fibromialgia, enfermedad de Crohn…) con rapidez y eficacia, asumiendo su nueva realidad con ánimos y aceptación. En cambio, otras personas, necesitan más tiempo y más apoyo.

En esa materia por alcanzar el bienestar no hay ganadores de primera o perdedores de segunda. No hay prisas. Hay logros cotidianos que nos permiten avanzar y cada uno lo hace a su ritmo particular; ni mejor ni peor.



Tus pequeñas victorias construyen los grandes avances

Frederic Skinner, psicólogo y referente del enfoque conductista, dijo una vez que establecer metas es el único modo de hacer que lo invisible sea visible. Establecerlas en el día a día es igual de importante que saber reconocer cuándo las conquistamos. Menospreciar nuestros logros, sean grandes o pequeños, es una forma de autosabotaje y de menosprecio a nuestra propia persona. Pocas cosas pueden ser más lesivas.

Así, el niño que va asentando nuevas competencias a su ritmo no merece menos elogios que el que los alcanza en menos tiempo. Todo conocimiento comprendido e interiorizado es una victoria porque gracias a esos pequeños cimientos se van viendo más progresos poco a poco.

El problema, sin duda, es que tendemos a homogeneizar y estandarizar cuándo debe alcanzarse tal meta, tal logro, tal competencia lectoescritora. Se nos olvida que cada mente es un mundo y cada mundo tiene sus tiempos.

En materia de bienestar psicológico y crecimiento personal sucede casi lo mismo. Valorar nuestras pequeñas victorias sin ponernos referencias y sin compararnos con otros es lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos. Sin embargo, en ocasiones nos cuesta y si esto ocurre se debe sobre todo a aspectos relacionados con nuestra autoestima. Veámoslo a continuación.

Cuando la baja autoestima no nos permite ver lo que valemos

En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Barcelona por parte del doctor Carlos Freire, se demostró algo que desde el campo de la psicología se ve con frecuencia: la baja autoestima actúa como un mecanismo defensivo. Nos impide ver nuestras valías y capacidades. No solo eso, nos coloca ante nosotros esa visión de túnel en la cual, ver solo el aspecto negativo de las cosas.

Resulta por tanto muy complicado valorar las pequeñas victorias cotidianas cuando ni tan solo somos capaces de verlas. Esto se da mucho por ejemplo entre las personas que padecen depresión. Su enfoque mental permanece velado por ese negativismo tan inflexible que les impide apreciar parte de los progresos que hacen en terapia.

Por ejemplo, el hecho de que alguien con depresión mayor se vista, se arregle y coja el metro para ir terapia psicológica es un gran logro. Hemos conseguido que salga de casa, que se ponga ropa de calle, que se sienta con fuerzas para coger el transporte público y caminar.

Sin embargo, cuando le destacamos ese logro, a menudo, son incapaces de valorarlo. Suelen insistir en que están mal y en que desearían estar en la cama. La baja autoestima actúa, a menudo, con ese mismo mecanismo: ese que nubla nuestra capacidad de ver los propios progresos.

Estás avanzando, aprecia tus pequeñas victorias porque te conducen hacia algo más grande

Desde el campo de la neurociencia nos señalan que es la corteza prefrontal medial la que orquesta el establecimiento de objetivos. Una vez formulados, faltan los componentes más importantes: la emoción, la motivación, el compromiso con nosotros mismos. Necesitamos, por tanto, un nivel emocional óptimo no solo para hallar ánimos y fortalezas para alcanzar esas metas.

Hace falta también esa combinación excepcional en la que la buena autoestima, la ilusión y la esperanza nos permiten a su vez apreciar esas pequeñas victorias. Y no importa si son casi inapreciables para los demás. En ocasiones, lo que para otros es un simple paso para nosotros es una línea de salida o la primera baldosa dorada de ese puente que nos llevará hacia el bienestar, hacia ese cambio que tanto anhelamos.

Seamos, por lo tanto, capaces de apreciar esos avances, de dar gracias por ese logro, esa pequeña meta superada. Todo ello son nutrientes para el ánimo, fortalezas para la mente y raíces para seguir floreciendo con la vida. A nuestro ritmo, con nuestros tiempos.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

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