Llevar una vida saludable no (solo) es cuestión de intención

Con frecuencia, nuestros propósitos de adoptar un estilo de vida más saludable terminan desvaneciéndose. ¿Por qué nos saboteamos en algo tan crucial y delicado como la salud? Hoy hablaremos sobre ello.

Todos deseamos llevar una vida saludable y somos conscientes de lo perjudicial que resulta el sedentarismo, los alimentos procesados, el alcohol o el tabaco. Es más, cada año nuevo y cada lunes nos encontramos con la intención de realizar un cambio de hábitos. Sin embargo, estos buenos propósitos pronto terminan desvaneciéndose.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué nos saboteamos a nosotros mismos en un asunto tan crucial y delicado como es nuestra salud? La realidad es que la intención no es suficiente. Entre intención y acción operan una serie de elementos que hemos de tener muy en cuenta si realmente deseamos transformar nuestra vida.

¿Qué factores nos impiden llevar una vida saludable?

Pongamos el caso de una persona que lleva una vida excesivamente sedentaria. El comportamiento de salud a adoptar en este caso podría ser “realizar ejercicio cinco veces por semana”. Pero para que se produzca la transición, han de suceder varias cosas.

Percepción de riesgo

En primer lugar, para que ocurra un cambio de hábitos, la persona ha de ser consciente de que su comportamiento comporta un riesgo importante. En este caso ha de saber que el sedentarismo, por ejemplo, aumenta las posibilidades de desarrollar una enfermedad cardiovascular.

Además, ha de conferirle un peso importante a este riesgo para que actúe como motivación. Es decir, ha de parecerle una razón de peso para modificar sus hábitos.

Sin embargo, esto no es suficiente, pues aquí también juega un papel crucial la percepción de vulnerabilidad. Esto es, el grado en que la persona se percibe a sí misma como vulnerable para desarrollar dicha dolencia.

Quien cuente con antecedentes familiares de ataques al corazón, probablemente se verá como más propenso a repetir el padecimiento. Por el contrario, la persona que se siente omnipotente y piensa “esto a mí no me pasará” difícilmente se verá motivado a cambiar.



Expectativas positivas de resultado

Igualmente es relevante en qué grado cree la persona que un comportamiento concreto reduciría dicho riesgo. Si piensa que para evitar problemas cardiovasculares lo importante es mantener una alimentación saludable, no hallará motivación para realizar ejercicio cinco veces por semana.

Autoeficacia percibida

Además, es imprescindible que el individuo posea la suficiente confianza en sus propias capacidades. Es decir, que se sienta capaz de llevar a cabo dicho comportamiento de salud. Si el reto se percibe como difícil y la confianza propia está mermada, es posible que ni lo intente.

Será importante modificar las creencias y reforzar la autoeficacia antes de abordar el cambio de hábitos. Es necesario que el sujeto piense en sí mismo como capaz, que anticipe el éxito y los resultados positivos. Si se ve como alguien flojo o vago, si cree de antemano que no está hecho de la pasta necesaria, el cambio de hábitos no tendrá lugar.

Mantenimiento de una vida saludable

Sin embargo, no es suficiente con que el individuo se perciba capaz  de iniciar las acciones, también ha de confiar en su capacidad de mantenerlas, de ser perseverante.

Adoptar el nuevo comportamiento de salud será complicado, surgirán tentaciones y barreras, y es necesario saber que uno mismo será capaz de hacer frente de forma exitosa.

Quienes poseen una alta autoeficacia de mantenimiento saben que podrán perseverar, esforzarse más y emplear las mejores estrategias para continuar con el reto. Son la clase de personas que, una vez que inician, continúan hasta el final.

Si, por el contrario, te ves como alguien inconstante, impredecible o con tendencia a rendirte, es probable que no inicies el cambio o lo abandones de forma prematura.

Recuperación de recaídas

Por último, es importante comprobar cómo afrontamos los fallos o caídas que probablemente experimentemos en el camino del cambio. Las personas que se perciben autoeficaces en la recuperación de recaídas atribuyen “la transgresión” a situaciones externas y puntuales, por lo que tratan de controlar esas variables y siguen su camino.

Por el contrario, quienes atribuyen estas caídas a su propia personalidad probablemente desistan y comiencen a castigarse por su fallo. De este modo se instalan en la culpa y no vuelven al punto donde se encontraban antes de “fallar”.

En definitiva, para llevar una vida saludable hemos de ser muy conscientes de nuestras creencias. Si estas no son adecuadas, pueden sabotear todo nuestro proceso. Trabajemos con nuestra mente para convertirla en nuestra mejor aliada.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz

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