Los interesantes experimentos sobre olvido selectivo

El olvido selectivo opera como un mecanismo de defensa que permite conservar la buena opinión acerca de uno mismo, al menos en público. Así, al menos, lo evidenció un estudio llevado a cabo en China.

Hay varios estudios que demuestran la existencia de un olvido selectivo en los seres humanos. Tendemos a olvidar, en particular, toda la información relacionada con los aspectos que resultan amenazantes o frustrantes para nosotros.

La información negativa sobre uno mismo es abordada emocionalmente como una frustración. También constituye un factor que pone en entredicho la opinión positiva que se tiene sobre uno mismo, en uno o varios aspectos. En general, se ha comprobado que existe un olvido selectivo de esa información, en especial en aquellos asuntos que son más negativos.

Todo indica que respondemos a los comentarios o evaluaciones negativas acerca de nosotros mismos, haciendo uso de mecanismos de defensa como la negación, la represión o la proyección. Todos ellos conducen a un olvido selectivo; es decir, a sacar de la experiencia esos datos que rechazamos, por la vía de expulsarlos de la memoria, bien sea suprimiéndolos o bien tergiversándolos.

La peor soledad es no estar a gusto con uno mismo”.

-Mark Twain-



Un experimento revelador

La Central China Normal University y la Nanjing Normal University, ambas de China, llevaron a cabo un interesante experimento sobre el olvido selectivo. En realidad, se hicieron en total dos pruebas y ambas pretendían comprobar, una vez más, que las personas tienden a olvidar la información negativa que reciben sobre su yo.

Para realizar estos experimentos, primero se hizo una selección de 413 palabras. Estas eran adjetivos que precisaban un rasgo positivo o negativo de los seres humanos. Para evaluar el grado de significación de esas palabras y su impacto emocional, se contrataron 66 voluntarios.

Cada uno de los voluntarios debía darle una puntuación a las palabras. Si la palabra se consideraba suficientemente poderosa, se le asignaba una puntuación de 7; si no era nada significativa, se le calificaba con 0. Para valoraciones entre uno y otro extremo, estaban las puntuaciones intermedias.

Con base en esas calificaciones, se hizo una selección de 80 palabras. La mitad de ellas correspondían a rasgos positivos, mientras que las 40 restantes describían aspectos negativos. Quienes participaron en esta primera parte del experimento quedaron inhabilitados para hacer parte de la segunda fase.

Una experiencia de atribución

Para el primer experimento, o la segunda fase del estudio, se reclutaron 39 voluntarios pagos, que tenían edades comprendidas entre los 18 y los 24 años, con una media de 20 años. Entre estos, 27 eran mujeres y 12 hombres; ninguno de ellos reportó tener o haber tenido algún tipo de trastorno emocional o mental.

A cada uno de los voluntarios se le dio la lista de palabras seleccionadas, presentadas en una pantalla de computador al azar. Se les pidió que frente a cada palabra escribieran “YO”, si pensaban que poseían el rasgo al que aludía la palabra. Si no era así, debían escribir la palabra “ÉL”, lo cual quería decir que veían ese rasgo en otros, pero no en sí mismos.

Al finalizar este experimento, se les solicitó a todos que contaran hacia atrás números del 1 al 100 durante 5 minutos. El objetivo era producir un corte de pensamiento, ocupando la mente de los sujetos experimentales para que estos no repasaran mentalmente la atribución de rasgos que acababan de hacer.

El segundo experimento

Los participantes en el primer experimento estaban convencidos de que la prueba terminaba con la atribución de rasgos. Ninguno de ellos sabía que existía una última fase. En esta se les pedía que intentaran replicar los resultados. Es decir, que recordaran qué rasgos habían marcado como propios y cuáles habían señalado como ajenos.

Los resultados mostraron que los participantes fueron más precisos al repetir las atribuciones que habían hecho a “ÉL”, tanto si eran positivas como si eran negativas. En cuanto a las valoraciones que habían hecho de “YO”, mostraron que había menor precisión. En general, se atribuyeron a sí mismos más rasgos positivos de los iniciales.

Para los investigadores, estos resultados apoyan la hipótesis de que las personas tienden a olvidar los datos que consideran negativos en torno a sí mismos. Ese sesgo parece operar con mayor fuerza cuando las atribuciones negativas se hacen en público, como fue el caso del experimento. Es posible que, si los juicios se hubieran realizado internamente -sin que llegasen a ser conocidos por el otros-, el resultado hubiese sido diferente .

Edith Sánchez

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