No sé vivir solo, ¿qué me pasa?

Llegar a casa y que no haya nadie. No poder hablar ni compartir con ninguna persona el día a día, cuando no es una situación elegida, duele. Quienes no saben vivir solos y temen la soledad evidencian una serie de rasgos psicológicos muy concretos. Los analizamos.

Llego lo más tarde que puedo a casa. Intento hablar por teléfono o videollamada todo el tiempo posible y poder así llenar las horas. Hago largos maratones de series, salgo a comprar con frecuencia. La verdad es que no sé vivir solo; intento hacer lo que sea para no sentir el silencio, para no enfrentarme a mis pensamientos y esa soledad no deseada que me abraza y me asfixia.

Por llamativo que nos parezca, esta reflexión no es algo aislado ni tampoco un comentario puntual. Son muchas las personas que acuden a terapia con estos pensamientos describiendo, sin duda, realidades duras. Todo ello nos demuestra que aún no hablamos lo suficiente de la soledad y lo que ello implica para la salud mental.

Es cierto que, para muchos, estar solos es algo gratificante y enriquecedor. Sin embargo, hay quien ve a la soledad como una enemiga incómoda, una entidad que desespera y que se intenta evitar a toda costa. Para ello, no se duda incluso en iniciar relaciones solo para aliviar ese vacío casi a la desesperada.

Ser incapaces de estar solos genera ansiedad, tedio, aburrimiento, desesperación y hasta miedo en este perfil. Es una reacción del cuerpo y la mente ante ese estado que interpreta como aislamiento e incluso abandono. Dichas realidades pueden ser muy problemáticas. La analizamos.



No sé vivir solo, ¿qué me ocurre?

La soledad tiene muchas caras y algunas están presentes como una auténtica emergencia social. Basta con nombrar, por ejemplo, a muchos de nuestros ancianos, haciendo frente a su día a día en completo aislamiento. También tenemos a personas jóvenes, hombres y mujeres que sufren esta epidemia que conlleva, a menudo, un impacto directo sobre la salud física y psicológica.

Así, estudios como los realizados por la Universidad de Valencia y publicados por la revista Acta Biomedica nos hablan precisamente sobre cómo la percepción de la soledad puede elevar el riesgo de depresión, ansiedad, estrés, así como de afecciones cardiovasculares, hipertensión y obesidad.

Todos necesitamos contacto con las personas, con esa interacción que da vida al cerebro que enciende las emociones y sitúa en nuestro horizonte cotidiano nuevas motivaciones.

Ahora bien, dentro de este amplísimo sector poblacional aquejado por una soledad que merma, enferma y desgasta psicológicamente, encontramos también a un perfil de personalidad muy concretoaquel que se repite una y otra vez «no sé vivir solo». ¿Qué hay detrás de esta percepción?

La eremofobia, la fobia a la soledad

La eremofobia es un tipo de fobia muy específica que se relaciona, obviamente, con los procesos de ansiedad. Son situaciones en las que una persona acaba desarrollando un miedo desproporcionado a verse solo consigo mismo. Hay diferentes grados, desde los más tolerables a los más patológicos.

Podemos encontrar a quien evita y alarga el momento de llegar a casa. Después del trabajo se organizan multitud de actividades: gimnasio, cursos, talleres, quedadas con amigos, visitas a familiares… La idea es llegar lo más tarde al hogar y que esa llegada suponga poco más que comer algo rápido y acostarse.

Otras personas, en cambio, sí evidencian situaciones más problemáticas, tanto, que no dudan en iniciar relaciones claramente dependientes y tóxicas con tal de evitar la soledad. Algo así les lleva hacia vínculos dañinos en los que puede aparecer incluso el maltrato. No obstante, (y por llamativo que parezca) la tolerancia a estas situaciones es elevada porque si hay algo que desean evitar a toda costa, es la soledad.

No sé vivir solo, temor a la independencia social y emocional

Quien se repite una y otra vez aquello de «no sé vivir solo» puede evidenciar a su vez un claro problema tanto con la independencia social como la emocional. ¿Qué significa esto? Hay quien, por ejemplo, no termina de adaptarse a esa independencia del núcleo familiar. En el momento en que uno deja el hogar por razones laborales o, simplemente, porque llega la oportunidad para emanciparse, surge de pronto la angustia.

Ya no se dispone del soporte familiar, de esa interacción cotidiana en la que los progenitores facilitan el día a día de todas las formas posibles. Esa ausencia y el vacío de verse en un espacio solo con ellos mismos, suscita en muchos casos estrés y sufrimiento. La vergüenza a la hora de admitirlo también eleva la carga emocional negativa.

Por otro lado, también podemos hablar de quien no es capaz de dar forma a esa independencia emocional en la que sentirse bien e incluso realizado con la propia compañía. Ser el propio refugio donde resolver dudas, arropar inquietudes y planificar la propia vida no es algo que defina a mucha gente. Son muchas las personas que caminan por el mundo con serias carencias emocionales.

Muchas de ellas vienen mediadas a menudo por un pasado definido por un apego desordenado, ese en el que se sufren carencias por parte de los progenitores y uno crece con necesidades no atendidas. Esto último actúa como factor explicativo ante ese temor a la soledad.

¿Cómo puedo afrontar mi angustia por vivir solo?

La angustia por la soledad y esa verbalización constante de quien se repite «no sé vivir solo, la casa se me cae encima y no sé qué hacer» pasa en muchos casos por tener que acudir a terapia psicológica. Es necesario saber qué hay detrás de esa inquietud, de ese temor que se manifiesta en trastornos de ansiedad o en iniciar relaciones de pareja dañinas y dolorosas.

Asimismo, también es recomendable tener presente las siguientes ideas:

  • El miedo a estar solos o vivir solos evidencia una falta de apreciación de uno mismo. Nosotros, podemos ser también nuestra mejor compañía. Ello no quiere decir que debamos reducir la interacción con amigos y familiares. Tener instantes a solas en casa puede ser gratificante; para descubrirlo, nada mejor que planificar actividades enriquecedoras con uno mismo.
  • Escribir, cocinar, realizar tareas artísticas nos conecta con nosotros mismos y es gratificante. Evitemos tanto la interacción por mensajería o redes sociales, así como esas horas dedicadas a series o películas. Intentemos tomar contacto con nuestro ser interno mediante actividades interesantes y creativas.
  • Asimismo, tengamos presente una idea: estar solos con nosotros mismos siempre es más recomendable a compartir casa, vida y proyectos con quien nos hace daño.

Vivir solos puede ser una oportunidad de crecimiento excepcional. No obstante, esa soledad debe ser siempre enriquecedora, combinada siempre con contactos, salidas y experiencias en nuestra comunidad para evitar así el aislamiento social.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

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