Síndrome del Titanic: miedo a que todo se derrumbe

¿Tienes la sensación de que las cosas a tu alrededor están cambiando demasiado rápido? ¿Temes que tu estabilidad se pierda de un día para otro? El filósofo Zygmunt Bauman dio nombre a esta percepción y la explicó de manera muy acertada…

El síndrome del Titanic no describe ninguna condición ni trastorno psicológico. Es solo un sentimiento, una sensación que nos embarga cada vez con más frecuencia en los últimos años (e incluso meses). Es como estar asistiendo al derrumbe de una época, como ser testigos de la fragmentación de un tiempo determinado que parece estar hundiéndose, poco a poco, pero de manera angustiosa.

Hay quien señala que gran parte de la población empieza a mirar al futuro con cierto desasosiego. No confiamos en que lo que pueda traernos el mañana vaya a ser mejor de lo que tenemos ahora. Casi sin saber cómo se ha desvanecido nuestra inocencia, los libros sobre felicidad ya no convencen tanto como antes y empieza a reinar el escepticismo e incluso la desconfianza.

Los cambios que estamos viviendo últimamente están despertando miedos dormidos en muchas personas. Son temores instintivos, de los que nos susurran que tal vez, todo aquello que dábamos por sentado puede variar y transformarse. Es casi como ser un repentino viajero a bordo del Titanic y ver cómo nos vamos acercando cada vez más hacia un gran iceberg.

No obstante, atisbar semejante amenaza tiene también un lado positivo: nos permite estar preparados. Nos obliga a buscar algo a lo que aferrarnos para no perder el equilibrio, a buscar un bote salvavidas para permanecer a flote en todo momento…

Estamos, por tanto, ante un concepto psicológico, pero sobre todo filosófico, que describe un estado que cualquiera podemos estar sintiendo ahora mismo. Profundicemos un poco más en esta idea.

Síndrome del Titanic, ¿en qué consiste?

El término síndrome del Titanic surgió en el 2006 a raíz de una publicación: El miedo líquido, del filósofo Zygmunt Bauman. En este interesante trabajo, el que fuera uno de los ensayistas más influyentes de los últimos años nos hablaba de una decepción y el surgimiento de un miedo.

Durante muchos años, las personas llegamos a creer que la actual modernidad sería el reflejo más nítido de nuestro progreso. Focalizamos en este nuevo milenio la idea de que por fin dejaríamos atrás los sinsabores de la desigualdad, de la carencia, de la angustia del pasado… Imaginábamos que por fin, tendríamos control sobre nuestro entornos sociales y naturales.

Queda en evidencia que no ha sido así. El profesor Bauman introdujo entonces la metáfora del síndrome del Titanic. Somos una sociedad que viaja a bordo del icónico y fatídico transatlántico británico y que está viendo llegar un cataclismoEse miedo y la conciencia de que muchas de las cosas que dábamos por seguras van a derrumbarse, definen sin duda el momento actual.

Lo irónico es que de, algún modo, en este libro predijo muchas de las cosas que sentimos, vivimos y percibimos ahora mismo. Así, y a pesar de que Zygmunt Bauman nos dejara en el 2017 y Miedo líquido fuera escrito a raíz del desastre del Katrina, sus páginas son casi proféticas sobre el 2020.



Tenemos miedo ante algo que se atisba en el horizonte

El síndrome del Titanic no define en exclusiva el miedo del ser humano ante la sensación de que el mundo que conoce vaya a derrumbarse. Es algo más profundo y, a su vez, útil. Al fin y al cabo, Bauman como gran pensador cumplió con sus libros la finalidad de todo filósofo: ayudarnos a reflexionar, darnos herramientas para el cambio y la acción.

Con esta metáfora se deja en evidencia un hecho: estamos atisbando la cercanía de un desastre y no estamos actuando. Ante algo así solo tenemos dos opciones: limitarnos a ser unos pasivos pasajeros aborde de un transatlántico fatal o bien, estar prevenidos.

Ante un mundo que cambia de manera rápida, hay que diseñar un «plan de escape»

El desastre del Titanic no vino tanto por la presencia del iceberg como por la falta de un plan de evacuación. La naviera White Star Line definía a su criatura como «insumergible», como el navío más seguro jamás creado. Sin embargo, dotó al Titanic de 20 botes salvavidas, cuando tenía espacio para 74 botes. No había un plan de evacuación definido y la tripulación no supo reaccionar cuando llegó el desastre. La previsión fue nula.

Nosotros estamos casi en la misma situación. Navegamos por un océano en constante cambio. Tomamos decisiones basadas solo en ese entorno cercano en el cual, todo es seguro. Pero no somos capaces de diseñar un plan de escape ante un horizonte que intuimos como amenazante. 

El síndrome del Titanic se define por ese miedo a que todo lo que damos por seguro se derrumbe, pero también integra una necesidad: saber reaccionar. ¿De qué manera? Si todas las decisiones equivocadas acaecidas en el desastre del Titanic tuvo como resultado la pérdida de 1.413 personas ¿Qué es lo que deberíamos hacer en al actual contexto?

  • Hay que creer que lo imposible es posible, explica Bauman. El miedo no tiene como finalidad paralizarnos, sino obligarnos a reaccionar. Para ello, es esencial que nos convenzamos que tenemos la capacidad de cambiar las cosas.
  • No hay que esperar a que haya alguien que nos salve. Nos hemos habituado a depender de terceras personas, a esperar que sean otros quienes den respuesta a nuestras necesidades. Hay que definir un plan de acción (el nuestro) y ser responsables de cada decisión, de cada avance.
  • Hay que salir de la rutina. No podemos ser como esa orquesta de música del Titanic que seguía tocando mientras el barco se hundía. Debemos empezar a generar cambios, a habilitarnos en nuevas competencias, despertar valías, fortalezas psicológicas y ser capaces de adaptarnos a una nueva etapa vital y social con esperanza y resiliencia.

Para concluir, el síndrome del Titanic es un concepto de plena actualidad en el que vale la pena reflexionar. En tiempos de incertidumbre, hay una sola certeza que nunca debemos perder de vista: la confianza en nosotros mismos y en que seremos capaces de hacer frente a cualquier adversidad.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

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