La búsqueda obsesiva (e inútil) de la que casi nadie escapa

En 1938, un grupo de científicos de Harvard inició un estudio sin precedentes.

Siguieron la vida de 724 personas durante más de 75 años para entender qué nos hace vivir bien. Qué nos sostiene. Qué nos rompe.

Dos grupos.

Por un lado, estudiantes de Harvard. Jóvenes brillantes, blancos, con recursos, con futuro.

Por otro, chicos de los barrios más humildes de Boston, muchos criados sin agua caliente, entre violencia y abandono.

Los siguieron durante décadas. Hoy día la investigación continúa con más de mil hombres y mujeres, hijos de los participantes originales.

Reunieron datos médicos, psicológicos, familiares, laborales.

Los observaron mientras ascendían, caían, enfermaban, amaban, se divorciaban, se recuperaban, morían.

Las primeras conclusiones del estudio parecían confirmar lo obvio: el éxito, la fama y el dinero parecían claves para una buena vida.

Pero con el tiempo, se fueron desmoronando.

No eran los más ricos los más satisfechos. Tampoco los más inteligentes ni los que tenían mejor salud física.

Lo que marcó la diferencia fue otra cosa.

Algo tan elemental que suele pasar desapercibido: la calidad de sus relaciones humanas.

Las personas con vínculos cercanos, seguros y estables vivieron más, se enfermaron menos, y, sobre todo, se sintieron más acompañadas.

Lo que te protege no es lo que tienes. Es a quién tienes.

Pero esto no tiene nada que ver con la “felicidad” que nos venden.

La felicidad, como concepto abstracto, es escurridiza. Ambigua. Maleable.

Hoy significa una cosa. Mañana otra.

Depende del algoritmo, del libro de turno, del influencer de moda.

Y, sin embargo, todos la buscamos. Como si fuera un lugar al que llegar.

Zygmunt Bauman escribió que…

“En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda”.

En esa trampa seguimos cayendo.

Creemos que seremos felices cuando logremos, cuando cambiemos, cuando mejoremos.

Esa promesa pospuesta que nos deja exhaustos.

La búsqueda de una versión de nosotros que todavía no existe.

Un espejismo creado para alimentar nuestras carencias personales.

Tal vez, la felicidad sea eso que escribió Isaac Asimov una vez…

“No sentir que debes estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más.”

Hay vidas repletas de estímulos y vacías de sentido.

Hay agendas llenas y almas agotadas.

Hay éxito y, al mismo tiempo, una tristeza silenciosa.

Porque lo que importa no está en lo que logras, sino en cómo lo vives. En con quién lo compartes. En cuánto espacio interno tienes para estar contigo cuando nadie más está.

La felicidad se parece más a la serenidad y tranquilidad que llega cuando dejas de compararte, de exigirte, de perseguirte.

Cuando empiezas a sentir que estás alineado con lo que eres, no con lo que deberías ser.

Hemos convertido la felicidad en una obligación. En un KPI personal. En una narrativa de éxito.

Y, a veces, basta con estar. Sin deber nada. Sin demostrar nada. Sin huir.

Susana Guzmán

Deja una respuesta