Poder tocar a distancia es una realidad cada vez más cercana

Si algo han puesto de manifiesto 2 años de contagiosa pandemia, confinamientos y distancia social es la necesidad de contacto humano. 

No es una casualidad. La necesidad de tocar a otras personas, explicaba en un artículo de la BBC de abril de 2020, en mitad de lo peor del confinamiento mundial, el profesor de la Universidad de Oxford Robin Dunbar, proviene los primates, los antepasados del ser humano.

Estos, explicaba Dunbar, emplean el contacto físico para cuestiones más o menos rudimentarias como revisar el pelaje de los miembros de un grupo. Pero detrás de gestos así se esconden muchas más cosas.

El contacto de la piel con la piel, dicen los científicos, hace que nuestro cerebro libere endorfinas, una sustancia cuyos efectos son parecidos al de los opiáceos sintéticos: alivian el dolor y en altas dosis produce incluso una cierta sensación de euforia.

De ahí, por ejemplo, que un niño o niña que llora porque le duele algo busque enseguida el abrazo de sus padres. No hay remedio más natural.

El coronavirus, sin embargo, ha aislado a la gente y ha privado a miles de millones de personas de los múltiples efectos benéficos de gestos cotidianos como apretar levemente el brazo de un conocido para preguntarle si está bien o tocar el rostro de un ser querido que está pasando miedo.

Con la variante ómicron extendiéndose por el mundo, amenaza además con volver a hacerlo.

Para que ni esta pandemia ni la siguiente vuelvan a coger a la humanidad a contrapié, un grupo de científicos de la Universidad de Stanford se han puesto manos a la obra.



Estos han partido de una premisa: si el ser humano ya es capaz de escucharse y escribirse a distancia de manera inmediata gracias a los smartphones y puede hacer también lo propio para verse gracias a las tabletas y los ordenadores, ¿por qué no intentar lo mismo con el tacto?

Su respuesta se presentó hace unas semanas en la revista académica IEEE Transaction on Haptics y ha llegado en forma de un dispositivo electrónico que es capaz de interpretar las señales táctiles que un emisor quiere transmitir a un receptor y emitirlas.

Es solo un punto y seguido para la háptica, un campo dedicado a crear retroalimentación táctil entre humanos y máquinas que en realidad lleva muy presente en la tecnología décadas.

Basta con pensar, por ejemplo, en las distintas maneras de vibrar que puede tener un smartphone: desde el prolongado zumbido de una llamada hasta el ligero toque de un mensaje de whatsapp, por ejemplo.

Se trata de una forma de comunicación insuficiente, por ahora, para expresar emociones, pero que sí que alcanza para transmitir mensajes.

Tirando de este hilo, los expertos de Stanford tuvieron primero que averiguar qué es realmente un toque social y descifrar cómo alguien interactúa físicamente con otra persona para transmitir felicidad, miedo o amabilidad.

A continuación, los investigadores construyeron un pequeño dispositivo portátil que pueda transmitir una versión aproximada de esas sensaciones.

Por último, tradujeron una gran cantidad de información sobre un gesto táctil con sus presiones, movimientos y ondulaciones exactas en señales que mueven solo unos pocos actuadores en ese dispositivo.

Tras realizar pruebas con unas cuantas docenas de voluntarios, desarrollaron una prueba de concepto básica para un dispositivo de «háptica social».

Se trata de una manga casera con 8 pequeños actuadores cosidos en su interior. Manipulando esos actuadores en distintos patrones, el equipo fue capaz de dar al portador del aparato sensaciones que a menudo podían identificar como ciertos mensajes específicos.

Así aunque desde luego no alcanzan para sustituir el complejísimo entramado de señales físicas que entran en juego cada vez que interactúan 2 o más personas, los toques del aparato sí parecen, al menos, un primer paso para poder llegar al contacto humano a distancia.

«Por ahora, solo se trata de crear una ilusión háptica», explica en la web de Stanford Allison Okamura, una de las científicas implicadas en el proyecto. «La sensación de que alguien te roza el brazo en realidad procede de unos cuantos actuadores distintos que se mueven de una manera determinada».

La posible llegada de los emojis táctiles

Como parte del estudio, el equipo de Okamura reclutó parejas de voluntarios (podían ser parejas o amigos íntimos) que estuvieran cómodos y familiarizados con el hecho de ser tocados por su compañero.

Los científicos llevaron a las parejas a una pequeña sala de conferencias y pidió a una de ellas que portara el manguito y a la otra que le mandara órdenes táctiles.

«Les dimos señales o indicaciones específicas», explica Mike Salvato, estudiante de doctorado en el laboratorio de Okamura y también autor del artículo.

«Había historias verdaderamente extensas como que uno tuvo un mal día en el trabajo y había que consolarlo, o mostrar agradecimiento por intervenir en una situación incómoda», explica Salvato.

Una y otra vez, Salvato utilizó un complejo algoritmo para rastrear dónde tocaban los sensores los sujetos.

A continuación, el algoritmo utilizó los datos para comprimir en señales que pudieran enviarse a través del manguito. En su interior, ocho bobinas flanqueaban el brazo del usuario, listas para apretar, agitar o golpear.

Con este dispositivo, Salvato y su equipo reproducían la información táctil destilada y esperaban a ver si la persona que llevaba la manga podía reconocer su intención emocional. «En realidad, funcionó mucho mejor de lo que pensaba», señala Salvato.

Salvato llama a este tipo de tacto «emoji háptico«. Al igual que sus homólogos pictográficos, no transmite un mensaje completo, pero proporciona la información suficiente para saber qué pretendía el emisor.

«Si recibes un emoji de cara triste y sabes que tu pareja está en una entrevista de trabajo, ya puedes hacerte una idea de cómo han ido las cosas. Del mismo modo, si le envío a mi pareja un emoji de un gato, mucha gente no sabrá a lo que me refiero, pero ella y yo sí», comenta el experto.

La tecnología busca acercar a quienes están lejos

Por el momento, recuerdan los investigadores, se trata de un trabajo que está en fase muy temprana.

La traducción entre el tacto  y su contrapartida robótica despojada no se produce en tiempo real, y solo se pueden enviar emojis táctiles pregrabados a un destinatario que lleve una funda háptica. En el futuro, sin embargo, eso podría cambiar.

«Sería más parecido a la mensajería directa que a los emojis, en la que alguien podría tocar un dispositivo con sensores, y luego transferir inmediatamente esa información a un dispositivo en el otro extremo que podría reproducirla a alguien de forma remota», dice Heather Culbertson profesora adjunta en la Universidad del Sur de California que también ha participado en el estudio.

«Podría aumentar nuestras interacciones a distancia. También podría usarse en las residencias de ancianos: hay muchas investigaciones que demuestran que el tacto es muy importante para su salud mental y física», afirma.

Y para quienes piensen en posibles usos de esta tecnología en el mundo virtual para emular el contacto humano, Okamura pone el freno: «Nuestra intención está en ayudar en el mundo real. Este trabajo no pretende sustituir el tacto, sino mejorarlo».

«Se interpone donde el tacto real no puede, del mismo modo que una videollamada o una reunión virtual pueden ayudar a recrear una experiencia en persona si estamos separados de nuestros seres queridos por COVID-19, o por miles de kilómetros. En definitiva, queremos crear dispositivos que ayuden a las personas a comunicarse y acercarse».

David Vázquez

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