Cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia

Son muchos los hijos que no pueden hablar con libertad y sinceridad con su familia. Ya desde niños juzgaban sus comentarios, criticaban sus opiniones o infravaloraban sus ideas. Todas estas dinámicas terminan pasando factura.

No poder opinar. Temor a expresar en voz alta lo que uno siente por temor a ser juzgado. Optar por el silencio para no provocar problemas o discusiones. Cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia y eliges callarte un día sí y otro también, terminas acumulando una elevada frustración. Son situaciones de elevado desgaste que más de uno habrá vivido en piel propia.

¿Por qué ocurre? ¿Es indecisión, miedo, timidez quizá? En realidad, cuando una persona no puede expresar opiniones, pensamientos y sentimientos a su familia es porque ya desde la infancia le han vetado esa oportunidad. Son muchos los padres que sancionan comentarios, son muchas las madres que critican determinadas ideas, conductas y razonamientos.

Poco a poco, el niño, el adolescente o el adulto joven termina por evidenciar una conducta reactiva o rebelde (como defensa ante esa autoridad) o bien elige el silencio, el no hablar para no ser sancionado o juzgado. Pocas cosas son tan necesarias, básicas y saludables como promover un diálogo libre y confiado entre niños y progenitores para fortalecer lazos y educar en respeto, en integridad.

“El problema más grande en la comunicación es la ilusión de que ha tenido lugar”.

-George Bernard Shaw-



¿Qué hacer cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia?

La buena comunicación es el pegamento que mantiene a las familias unidas. La falta de ella las tensa y las distorsiona. El filósofo y psicólogo Paul Watzlawick ya nos explicaba en su trabajo de los años 60 Pragmática de la comunicación que abundan las dinámicas comunicativas problemáticas y que estas tienen casi siempre su origen en la forma en que nos han educado.

Hay niños habituados a que no se les escuche. Esto hace que terminen interiorizando todo sentimiento hasta interpretar o dar por sentado que sus necesidades y opiniones no son importantes. Por otro lado, también son comunes las familias cuyo funcionamiento es no hablar de emociones, preocupaciones u opiniones. Cada cual se guarda para sí sus cosas y nadie se atreve a exponer esos aspectos más personales o íntimos.

Por otro lado, abundan sin duda esos progenitores que vetan y sancionan. Son figuras que buscan modelar a los hijos a imagen de los padres y esto pasa por inculcar valores e ideas fijas. No se permiten las ideas propias. No se les tolera tener voz y menos opinión propia, cualquier comentario se ridiculiza y toda pasión y afición de uno se menosprecia.

¿Qué hacer cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia? ¿Cómo actuar cuando ya eres adulto y te es imposible ser sincero con ellos?

Cuidado, la falta de comunicación asertiva trae consecuencias

Las palabras son algo más que información concreta, son representaciones simbólicas de cómo nos sentimos, qué pensamos y qué estamos experimentando. Necesitamos comunicar para expresar a los demás qué necesitamos. Y esto es esencial en un contexto familiar.

Desde un punto de vista psicológico, sabemos cuánto beneficia la comunicación asertiva para que el ser humano mitigue la preocupación, el estrés, etc. Si una persona no puede ni ha podido nunca expresarse de manera abierta y sincera con los suyos, es muy común que evidencie en algún momento problemas somáticos (dolor de estómago, cefaleas, etc). Todo ello pasa seria factura.

Alguien tiene que romper el patrón: comunicar para sanar

La Universidad de Tennessee realizó un trabajo de investigación con el que profundizar precisamente en esos patrones comunicativos en una familia. Algo que pudo verse es que muchas veces silenciar, vetar o no hablar de lo que se siente o necesita aparece ya en la generación de los abuelos. Es decir, muchas veces, se pasa de padres a hijos ese patrón de comunicación deficiente.

Por tanto, cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia, tal vez sea momento de romper esa dinámica disfuncional. Porque comunicar con sinceridad y de manera asertiva es poder sanar, poder dejar fuera lo que hay dentro para mostrar quiénes somos y qué queremos.

Es posible que dar el primer paso sea complicado, sobre todo, cuando llevamos media vida callando para no herir, guardando palabras para no ser juzgados. Sin embargo, es necesario romper esa dinámica por el propio bienestar.

Cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia hay que aprender a comunicar con valentía

Cuando no puedes decir lo que piensas a tu familia lo que temes son sus reacciones. Te molestan las críticas que puedas recibir y hasta puede que temas decepcionarles. Sin embargo, llegar a la edad adulta con esta inquietud puede ser altamente contraproducente.

Porque, en realidad, la falta de comunicación sincera provoca básicamente que nuestra familia no sepa quiénes somos y qué queremos de la vida. Cualquier decisión será incomprendida. Es necesario que demos el paso y empecemos a comunicarnos con ellos de manera asertiva y sincera.

¿De qué manera? Estas serían algunas sencillas pautas:

  • El primer paso es proceder al control emocional. Sentiremos miedo, inseguridad e incluso mucha frustración acumulada a lo largo del tiempo. Es esencial que manejemos esos estados para comunicarnos con calma y serenidad.
  • Es importante que hagamos uso del pronombre personal “yo”> yo pienso qué, yo siento qué, lo que yo necesito es, aquello que yo voy a hacer ahora es… Expresarnos de este modo nos dará seguridad.
  • Debemos concienciarnos de que es muy posible que esta nueva forma de comunicarnos les coja por sorpresa. No obstante, tengamos claro un aspecto: comunicar es reflejar lo que uno es. No poder hacerlo es vivir en represión y esto no es saludable psicológicamente.

Para concluir, la familia debería ser ese escenario de armonía en el que poder ser nosotros mismos y sentirnos validados a cada instante. Cuando esto no sucede y solo hay silencio y sufrimiento, será necesario tomar alguna decisión orientada a promover nuestro bienestar.

Valeria Sabater

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