El dueño de la Tómbola Antojitos, el último fenómeno viral de TikTok, conquista a los jóvenes sin tener en cuenta ninguna red social: «La clave es dar buenos premios y respetar al cliente»

Los números no mienten. Con una media de 10.000 o 12.000 productos entregados en cada feria, a canción por artículo, lo habrá cantado millones de veces a lo largo de su vida.

Cada vez que Juanma Ortega, tombolero de 65 años que lleva trabajando en ferias desde los 22 y que regenta la Tómbola Antojitos, entrega un premio, se repite siempre el mismo estribillo. Ortega pregunta:

—¿Y dónde te ha tocado?

Y el afortunado contesta:

—En la Tómbola Antojitos.

Ortega asegura haber sido el primer vendedor que cantó en una feria. Tuvo la idea en Granada hace más de 40 años, cuando ni siquiera regentaba una tómbola, sino que se encargaba de un puesto que recibía el nombre de El juego de la ratita.

La idea, relata, le surgió de un modo natural. Simplemente, pensó que, si cantaba, atraería a más público. Y así fue.

Tal fue el éxito que tuvo la idea, que no ha dejado de hacerlo en todos estos años en que su tómbola se ha convertido en una cita obligada en algunas de las ferias más importantes de España.

Sin embargo, lo que ha sucedido a la Tómbola Antojitos en las últimas semanas supera cualquier estrategia.

A lomos del retorno de la feria de Valladolid, hace una semana la tómbola de este experimentado profesional, con su clásico estribillo, se volvió viral en TikTok. Concretamente, este viernes el hashtag #tombolaantojitos acumulaba ya casi 25 millones de visualizaciones.

Todo ocurrió como pasan muchas veces las cosas en internet: de un modo completamente azaroso, casi irónico. Hace aproximadamente algo más de una semana, varios usuarios de TikTok subieron a la plataforma videos de esta tómbola.

A partir de ese momento, la bola de nieve fue creciendo poco a poco. A los comentarios que al principio ponderaban la profesionalidad de los tomboleros se sumaron quienes escribieron sobre los recuerdos que atesoran de un negocio que les ha acompañado desde hace 4 décadas.

Y la viralidad hizo el resto. A medida que algunos de estos videos empezaron a acumular miles de comentarios y me gusta en TikTok, el número de personas que interactuaban con el hashtag empezó a crecer de manera exponencial.

Este viernes, #tombolaantojitos recoge videos que son muchas veces parodias. Desde quien se graba en casa imitando el estribillo de Ortega hasta quien utiliza su voz como fondo, por ejemplo, mientras hace un unboxing, un tipo de video en el que el protagonista abre un producto, son legión los usuarios de la red social que en los últimos días han querido rendir homenaje a la Tómbola Antojitos.



Se ha convertido en todo un fenómeno social. Desde la explosión del negocio en TikTok, cientos de jóvenes se han acercado a la tómbola atraídos, entre otras cosas, por la posibilidad de participar en el movimiento del moda.

Muchos lo hacen con una única idea: grabarse un video cantando la célebre respuesta a la pregunta de Ortega:

—¿Y dónde te ha tocado?

Y el afortunado contesta:

—En la Tómbola Antojitos.

«Fue de la noche a la mañana. A mí me gusta decir que en realidad somos virales cada año, porque somos un clásico de ferias como la de San Sebastián, Vitoria o Valladolid. La gente nos tiene mucha simpatía. Pero esto de los últimos días ni nos lo esperábamos ni lo buscábamos, porque no manejamos redes sociales«, explica Ortega por teléfono a Business Insider.

La pandemia ha golpeado fuerte un oficio en peligro de extinción

Se trata de un éxito que llega después de los meses más duros que recuerda para su empresa. La pandemia, relata el feriante, acabó súbitamente con unos años en los que el negocio más o menos estaba funcionando.

De la noche a la mañana, con todos recluidos en sus casas, los feriantes se vieron obligados a parar y aguantar sin ingresos. La situación se alargó durante más de un año, hasta que la llegada de la vacuna ha permitido a las instituciones abrir algo la mano a eventos que invitan a las aglomeraciones como las ferias.

En total, calcula Ortega, fueron 16 o 17 meses sin ingresos que obligaron a algunos compañeros de oficio, por ejemplo, a aprovechar el carnet de conducir que les permite llevar los inmensos tráileres en los que transportan su género para emplearse como repartidores.

Ha sido la puntilla para un oficio en peligro de extinción. En las últimas décadas, calcula Ortega, España ha pasado de tener unas 200 personas dedicadas en exclusiva a la tómbola a tener menos de 10.

«Yo he podido aguantar, pero desde luego la pandemia se ha llevado por delante los planes que tenía para jubilarme», cuenta Ortega, que a sus 65 años lleva las riendas de un negocio en el que también están empleados, entre otros, su nuera y su hijo, que de heredar la tómbola, conformaría ya la tercera generación de tomboleros de los Ortega.

Pero su padre advierte de que se trata de un negocio que pesa mucho. La dureza de una vida nómada y la fuerte inversión a la que obliga un proyecto así ahuyenta hasta al hombre de negocios más intrépido: «Yo sigo porque sigo teniendo ilusión y ganas, pero es algo muy personal».

A los 120.000 euros que puede costar la instalación del puesto en la feria hay que añadir los 40.000 o 50.000 que, en una estimación prudente, una tómbola como la de Ortega tiene en género. A ello hay que sumar los 3.000 euros al mes que puede llegar a costar vivir y comer fuera del hogar y los 10.000 de tasas municipales.

Este último gasto es un caballo de batalla para los feriantes: «Después de la pandemia, hemos pedido a los ayuntamientos que nos ayuden a conservar el negocio bajando a la mitad el precio de estas tasas durante unos años», cuenta el tombolero.

Hay ya quien ha sido sensible a este reclamo. El Ayuntamiento de Valladolid, por ejemplo, ha congelado las tasas municipales hasta 2022.

Con todo, para Ortega la clave de la supervivencia de su negocio está en la calidad: «Hubo muchos que durante un tiempo creyeron que dando premios peores su margen de beneficio iba a ser mayor. Era justo al revés. Si das peores productos, ahí es cuando la gente deja de ir a la caseta. Del dinero que se maneja, el 40% tiene que ir para el público. Eso es sagrado, no se debe tocar».

En estos años, este tombolero ha tenido que adaptarse. Si cuando empezó las estrellas de la tómbola eran los peluches, hoy cuenta que lo son los equipos de música, los dispositivos inalámbricos, las videocámaras y, desde hace poco, los patinetes.

Todo, para poner al cliente en el centro del negocio, una premisa que pregonan los gurús del marketing como un reciente hallazgo, pero que es una idea que vendedores como Ortega conocen desde hace décadas.

«Si a un niño le toca una aspiradora, eso no le hace ilusión. En vez de darle esto, se lo cambio por un juguete, y los padres me lo agradecen. Un cliente contento es un cliente que vuelve. Nosotros vivimos mucho del boca a boca», resume.

Del boca a boca y, últimamente, para sorpresa de propios y extraños, de TikTok. Son cambios que traen los nuevos tiempos que no alteran lo fundamental.

Porque, cuando un cliente acude a la Tómbola Antojitos, sabe que, si le toca, podrá cantar su estribillo de siempre.

—¿Y dónde te ha tocado?

Y el afortunado contesta:

—En la Tómbola Antojitos.

David Vázquez

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